lunes, 5 de enero de 2009

Chove en Santiago


Chove en santiago
Plof, un nuevo día de su vida se había consumido,
Plof una nueva página había escrito
Plof, de nuevo tumbado en su rincón escuchando la lluvia rebotar en el cristal de la ventana de su buhardilla. Se levantó y puso música, encendió una vela que colocó en la mesa para que iluminase la habitación a la vez que le daba a la noche un toque más íntimo. Sacó del bolsillo su vieja libreta y se tumbó nuevamente en la cama.
La música sonaba, una melodía de piano suave y dulce que lo transportaba hacia su otro yo, al yo de sus sueños, al yo completo, al yo invencible, al yo de verdad y no al títere que se había convertido bailando al ritmo que marcaba la sociedad, sin poder incluso disfrutar de todo aquello que añoraba.
Las gotas de agua eran grandes, y parecía que se acompasasen al ritmo que marcaban los dedos del pianista, era una melodía que conseguía cortar los hilos por unos segundos, era lo que le hacía volar y echar su mente a funcionar, era su inusual máquina del tiempo que le permitía viajar a sus sueños y mezclarse con ellos.
La luna brillaba en la inmensidad del cielo guarecida siempre por miles de estrellas que la protegían de los ojos incrédulos y vacíos. El agua se expandía por el cristal difuminando el haz de luz que iluminaba su cara, esa fue la última imagen que recuerda antes de coger la escoba y volar a sus sueños para ser libre eternamente.
Al llegar se sintió, raro, como desnudo. Se tocó las piernas y los brazos y no había nada que los cubriese, sólo encima de el descansaba una fina sábana blanca que cubría todo su cuerpo. El aterrizaje siempre era costoso, no era fácil asimilar nuevamente la libertad aunque fuese en otro mundo paralelo, no es fácil poder gritar sin que nadie se horrorizase y te mirase reprobándote, o tomarte un baño bajo una intensa lluvia sin que ningunos ojos de juzgasen, siempre había alguien que se apresuraba a ponerte una etiqueta y mandarte algún especialista de cualquier tipo para arreglar tu rareza y ser igual que el rebaño.
Pero bajo aquella suave tela estaba volviendo a respirar, llenaba sus pulmones con un aire que olía a mar, un aire que sabía salado, un viento del noroeste fluía por sus pulmones resucitándolo del olvido y la tempestad.
Una vez asimilada su libertad pudo abrir los ojos y ver que bajo el fino manto de salitre que lo cubría se encontraba su sirena halada, esa que surcaba los cielos galopando sobre su escoba.
Le daba la espalda y parecía dormida. Tampoco tenía ropa pero su cabello melado le vestía la espada con gran elegancia. Dormía feliz, tranquila iluminada por los rayos de su gran amiga, la luna, esa a la que visitaba en su escoba para darle la potencia necesaria para iluminar a los soñadores, esa que le debía su belleza a la magia de aquella brujita, esa princesa que todo lo llenaba por su simple presencia.
Siempre le había impresionado su presencia, por eso sólo pudo mirarla en esos primeros momentos, pero sino la tocaba no se cercioraría de que era una realidad en el mundo sueño, y si ¿soñaba en el mundo sueño? ¿Y si nunca podría disfrutar de la realidad ni en sus sueños? Le dio miedo, pero su mano temblorosa fue poco a poco acercándose a su cuerpo, estiró su dedo y con gran suavidad le acaricio el pelo, suspiró hondamente porque no había desaparecido. ¡SEGUÍA ALLÍ¡ Entonces decidió abrazarla, con fuerza, con mucha fuerza, quería decirle tantas cosas, quería expresar tantísimas cousas qué sólo con un abrazo así podría traspasarle todo lo que sentía.
Ella llevaba despierta desde el comienzo, pero al sentir el cuerpo desnudo de el transmitirle tanta energía se volvió y lo besó. Un beso calido de esos que eran especialidad de la princesa, y comenzaron a decírselo todo sin tan siquiera susurrar una sola letra. Las manos comenzaron a hablar su idioma acariciando la cabeza del otro, las lenguas se juntaron bailando al compás del pianista, mientras que los corazones se abrazaban ardientemente convirtiéndose en uno sólo. Los cuerpos se retorcían el uno encima del otro convirtiéndose en siameses, los ojos se gritaban y no podían dejar de mirarse, algunos sonidos se desprendían de sus acompasados movimientos, y se disfrutaban como nunca y como siempre lo habían hecho. Eran energías que el espacio y el tiempo habían juntado para demostrar la perfección. Tras haber explorado todos los escondites de su cuerpo, la escena acabó tal como había empezado, con un fuerte abrazo y un cálido beso. Él estaba triste porque sabía que comenzaba el viaje de retorno, sabía que debía volverse a poner los hilos, y ella volvió a su postura fetal de bella durmiente, y él poco a poco fue retirando primero su mano, su dedo, su mirada, la sábana, fue vistiéndose, y viajando de nuevo a su cama donde el pianista tocaba las últimas notas de la noche.

Plof, Plof

Abrió los ojos, estaba de nuevo en casa, la luz de la luna seguía distorsionada, pero ¿Cómo? Ya no llovía… cogió su libreta y vio que estaba mojada, ¿ las gotas habían traspasado la ventana?. No¡ se dio cuenta, estaba llorando, sus ojos estaban llenos de lágrimas que difuminaban la blanquita luz que transmitía la amiga de sus sueños, estaba de nuevo en la realidad.
Cogió el cuaderno y lo tiró al suelo, decidió que su otro mundo sólo lo conocerían, su brujita princesa, su luna y las piedras ancestrales que conformaban el entorno de aquella majestuosa ciudad. Se recostó, se enjuagó las lágrimas y miró a la luna antes de dormir, y como una estrella fugaz, como un destello de una linterna a lo lejos, allí volando susurrándole cositas a la luna le pareció ver una escoba sobre la que cabalgaba su bruja. Cerro los ojos y apagó su cabecita deseando volver a ser libre y surcar el cielo motando en la grupa de la escoba con su bruja. Sabía que era hora de volver al ritmo marcado por otros, pero sólo por ahora ya que no renunciaría a soñar nunca.

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